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20 Sextetos: De Ninfa a Ninfómana

Presionado delirio que al álgido pecho encandecía
A la llorosa virgen parturienta de él y de sí misma
Desgarrando bajo su piel el glauco clamor de ninfa
Sus ojos sesgados, dulce esplendor cual llamas tibias
Oh, violinista del Demonio: el Sátiro y su larga cítara
Espantan a la virgen, riéndose con libidinosa maestría.

Tupidos arbustos suspendidos por vigorosas ráfagas
Jovenzuelas riendo tras sus troncos de corteza magra
Juegan descalzas a soñar con el sueño que les sonrojaba
Y gozosos escalofríos en las tetillas pudor les provocaba
Veleidosas criaturas a la madriguera gentil les invitaban
A entonar las cuerdas del arpa, a degustar bebidas blancas.

Amordazados sucumbieron al látigo de cuero, rostro y cuello
Fueron acaso sus labios sellados al silencio por un espectro 
Sacrílegos espíritus le despertaron de su soneto de ensueños
Entallados matices de flores incorruptibles y cuerpos fétidos
Tan casto como poco sensible fue su amargura y un lamento
Vacío quedó su corazón, desamparado a la noche de credos.    

Brotaban redes claras cual telarañas a través del higo inflamado
Las pulpas borgoñas, las semillas negras y aquel carozo profano
Calmado, desde ambas laderas se deslizaban los jugos amargos
Iban diluyéndose sobre ojos de cual conejo enfermo y enviciado
Llagas ardientes, ampollas que al higo con éxtasis han reventado
Descendía su volumen; ha alcanzado la voluptuosidad del gusano.

¡Oh!, suspiraba la Ninfa, a la impura Belleza, rezagada al oscuro moro
¡Oh!, suspiraba la Ninfa, al acerbo Eros, ahogado en contrapuntos rotos
Los reflejos níveos se hubieran ceñido en un abanico de aperlado sollozo
Todo cuanto oró a Diana, todo cuanto adoró a Apolo, tras liebres y zorros
Fue transgredida la calma del océano y la brisa arrojada al frío sin reposo 
La flauta mágica y el silbido del arroyo consolaron el repentino abandono.

Entre sus piernas la calma acunó de la soberbia Venus, el Hiperión
Al hombro un cuello caoba arrullaba con fuerza, con arco y bastión  
Secas lágrimas derramó tras la oscura overtura el cello del Rey Sol
Donde hubiera haber habido latidos, un dúo sinfónico se vislumbró 
Amurallada tras la torre de marfil, una agria daga la Ninfa se clavó
Mudas sonatas concebidas a la luz de la luna, concierto en E menor.

El vacío tras las pupilas que se han bifurcado
El estallido entre silencios ya hoy evaporados
Los efluvios que tras ella las sombras rezaron
La quietud y lo turbio de tintes engarruñados
Lánguidas tentaciones muertas en los bardos
Inacabados versos de juegos desperdigados.

Lo que las palabras callan entre lenguas barajadas
Lo que los oídos ensordecieron a coléricas sarnas
Una vil pasión desatada con presteza casi olvidada
Aniquilado sentir, dulces Compasiones resucitadas 
La bondad de un corazón desangrado en la batalla
Dulce recoveco de almas, qué dulces palabras halla.

Desconcertada quedó la Ninfa, una vez desechos sus ropajes de doncella tímida
Tras los rituales de  Sórdida y Noche, tras haber sido, cual mortal, una destituida
¿Quién era? ¿Tais, la pretendida? ¿O una Lucrecia violada, denigrada y marchita?
Ni tan elevada ni tan sublime, como los 120 versos que más tarde así compondría
Engarzando pluma y tinta a su espíritu diáfano, deletreando diagramas profanos
Alzó afilada daga de puño casto, y lo clavó en el corazón del Sátiro, asesinándolo.

¡Muere, muere, ingrato Sátiro! Perverso animal del hombre, maligno asno
Tu sangre, tripas y miembros he derramado, y aún te continúo apuñalando
Inmundo has sido y a la inmundicia has regresado, tú, el demonio más odiado
Arranco tus ojos, desnuco tus testículos de caballo y ya te he rebanado el rabo
Tus viriles engaños ya no desvirgarán con descaro coños, ni húmedos ni castos
Cobarde, a mi astucia y corazón has ultrajado y por ello, te he descuartizado.

Que equivocado al pensar que mis lamentos eran como los de Ofelia
Jamás por tu rasa mente se te hubo cruzado en mí una Tosca o Medea
Tarde demasiado es para un claro entendimiento de mi pródiga naturaleza
Pues tus sesos han sido derramados sobre mi pies de mancillada doncella
A tu corazón me lo comeré crudo, sin masticarlo siquiera, (no vale la pena)
Bombea aún el terror, la piedad, la clemencia por tu lascivia y lujuria negra.

Cierto remordimiento condena mi alma cual pesadas y ferrosas cadenas
Qué insoportable es haberte amado, y asesinado, con tan idénticas fuerzas
¿He de decirlo, he de confesarlo? Oh, Sátiro, tu eres mi pasión verdadera
Muerto por mis propias manos, por mi propia furia, por mi suerte adversa
Por mi resentimiento, por mi capricho, por mi orgullo de féminas estrellas
Tu ofenda ha merecido la justa muerte, pero no acabó con mi solitaria tristeza.

¿Por qué he de amarte si tú ni siquiera te de mí te habías enamorado?
Tan sólo me sedujiste para complacer tu orgullo, tu ego, tu gran falo
Mi mente has ofuscado y a mi corazón, antes manso, has envenenado
Y corrompido con oscuridad, sadismo y crueldad, sin ningún reparo
¿Por qué te amo, entonces? Has hecho de mí una cortesana sin mago,
Prostituta sin prostituir, una mísera ninfomaniaca del helado verano.

Oh, Sátiros os invito, pero tan sólo si antes me ilustran sus miembros
Tan sólo así, y si son dignos, os permitiré adorárselos en mi bacanal lecho
Desnudos, gloriosos, mi cuerpo es suyo: mi piel y lo que subyace dentro
Así también mis labios superiores e inferiores, y todos mis bellos vellos
Un solo sorbo no saciará mi vicio por la esencias de Baco y Morfeo
Por eso os necesito, sacien mi libido, coronen con fluidos mis pechos.

Vamos, os ruego, sírvanse de mí cuales sonrosados bocados
Oh, de su cuerpo y de mi sexo hagan el placer más deleitado
Templen mi ardorosa embriaguez propia de animal encelado
Penétrenme, Sátiros, procréenme orgasmos y sólo orgasmos
Os ruego en mí su pene lívido e hinchado, elevado y morado
Si mi vulva cantara, sus cánticos serían de virtuosa soprano.

Vano intento, no puedo escribir ni un solo verso más
Ya ni una sola oración en mi mente puedo terminar
Cada segundo me cuesta más poderme concentrar
Complicado es poder las palabras enlazar y cruzar
Tan sólo busco mi luto apaciguar y yo descansar
De noche o de día, contigo Sátiro, siempre soñar.

Si tan sólo mi corazón pudiese dejar de palpitar
Hallaría la tranquilidad que en nada he de hallar
Descansaría, ya no necesitaría amarte ni tu amar
Pues en nada hay ni habrá satisfacción ni libertad
Ni la divinidad, ni los vicios, ni siquiera la dulce bondad
Pueden disuadirme de cerrar los ojos para no abrirlos más.

Fino trazo de escarlatas emociones que se enfrían
Espejos cuyo filo metálico templan el alma partida
Reflejos destellan sombras para la ausentada alegría
Gotas sin sal tiñen de pétalos líquidos únicas caídas
Agridulce espesura que al emanar aligera partidas
Diluye a las invisibles cadenas en desvanecidas líneas.

Ojalá en mi destemplanza pudiera destruir nuestros grilletes ciegos
Porque tú no tienes la fuerza para separarte ni yo la voluntad para hacerlo
Aún cuando estoy por topar la inconsciencia me persigues en sueños
Los coloridos destellos de tu música a través de la oscuridad a veces veo
Te contemplo aunque sólo en mí existas y sin ti yo no sería por completo
Desfiguración de sombras incorpóreas y errantes que conmigo llevo.

La estrofa del suicidio, la estrofa final, imploro inmerecida piedad
Dios mío, Sátiro, ya no tolero amarte y mi terrible culpa soportar
Ni del amor ni la sangre me podré limpiar jamás; ni con este pecado mortal
Sátiro, te amo, tu alma y la mía algún día juntas en el Infierno arderán
La pureza y la redención de mis pecados y maldad, Díos mío, concédemela
Oh... Lucifer me ha venido a buscar…