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¿A quién le venís a hablar, vos?

Sí, no conoces el dolor que explota en tu pecho y revienta en tu garganta; sólo sabes de caprichos. Un día sabrás de los caprichos goyescos y mi alma se regocijará de gracia. No, no quiero que los sufras en carne propia, pero el ácido sería una experiencia demasiada vana para tu conciencia. Necesitas que te estiren el cuero, la risa cruel y la fatalidad del destino. Soy un ave de fuego, y tú un animal terrenal. Sos esclavo de tus aspiraciones. Yo ardo en miles de llamas, me incendio, pero mi caos es maravilloso porque una vez que me extingo vuelvo a renacer. A vos todavía no te cazaron como el animal que eres... pero ya veras, vendrá el matador y morderás el suelo, te devorarán y serás excremento, abono para la tierra: fomentarás vida pero no florecerás, porque sos un animal de tierra.

Keats, te odio

Keats, te odio, porque mi búsqueda es fortaleza, tú sólo me recuerdas que en el fondo soy esa persona sensible y pacífica, que bien podría ver los árboles, el amancer y escuchar el trinar de los pájaros y encontrar paz y perdón. Pero no, me rebelo, y busco con arrebatamiento devaneos y genios, colosos del pensamiento y el caos del cosmos. La tragedia, el heroísmo, el triunfo aquílico. La superación más allá de lo humano, la compensación por la injusticia, lo elevado por sobre lo mundano. Keats, detesto tu conformismo embelasado de poética, porque me dices que todo a lo que en verdad aspiro no es tan grandioso, esta justo ahí, frente a mis ojos, y para elevarme no necesito más que contemplar, pero, ¿cómo aquietar un alma como la mía? Puede que aún no esté madura para caer y quedar. Me niego a ello, yo no quiero ser un fruto, quiero ser una estrella, quiero danzar con el cosmos, quiero ser el pasaje de un sinfonía eterna. Quiero liberar a mí espíritu de mi cuerpo, quiero que sea una abstracción pura y cósmica. Y quiero amar, amar incesantemente; quiero ser vida, vida de maravilla y música, una vida que lo abarque casi todo, y fluir feliz sobre una bóveda celeste infinita.

N.


Nancy, ¿por qué no me dejas atravesar tus ojos de medusa, de ninfa esmeralda? ¿Por qué, cuando deberías ser del todo accesible a mí te empecinas en encerrarte? Me haces sentir mediocre, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Oh, sí, veo que me sonríes. Ya sé qué hacer ahora.