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Aturdimiento


De repente ya hizo demasiado tarde para poder escribir, y aunque hubiera estado varias horas del día haciéndolo, ahora la pereza me arrastra a desperdiciar los ratos nocturnos de tranquilidad y ocio que me quedan picando en el desvelo en dispersiones infantiles. Nuevamente soy incapaz de concentrarme. Estoy a punto de estallar. Si no logro escribir siento que voy a reventar, es urgente. Y si estallo, mis contracturas se retuercen aún más. ¿Dónde está Gertrude Stein sentada en el sillón del living cuando la necesitas? ¿Por qué los minutos jamás me alcanzan y se me escurre como sal entre los dedos? ¿Por qué mis palabras proferidas son mudas exclamaciones sin parlamento y por qué mis palabras escritas son furtivamente leídas? Estoy atemorizada, sofocada como una olla a presión. Cualquier cosa me altera, me irrita, me angustia. Y tan sólo quiero escribir, padezco de esa necesidad imperiosa. Ser leída es tan sólo un placer menor. La cabeza me esta estallando, todos los personajes me piden a gritos aparecer, y mi mente termina siendo un conventillo. Su ansiedad por existir entorpecen el desarrollo de mi narración. Si me relajo, me asaltan; si estoy por dormirme, me molestan. Evita que lea cualquier otro libro en castellano (tan sólo me permiten leer a Virginia Woolf en inglés) Incluso alguno tiene el descaro de aparecerse sentado en mi cama, me sonríe y saluda. No sólo debo lidiar con las personas de carne y hueso, sino también con las de fantasía. Es una gran responsabilidad hablar en nombre de… encima después me critican cómo los di a entender, cómo los intuí. Sin embargo, cuan feliz soy cuando atiendo sus demandas de manera satisfactoria.

Ahora mismo me siento como una criatura miserable, resacosa de musas y anhelante de nueva poesía, nueva música, una existencia de lutetias y alegría.   

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