Nada
le generaba auténtica satisfacción… ni siquiera minar mi organismo con gran
constancia; ya resultaba inmune a su propia destrucción y de repente, y sin
saber porqué, las paredes resultaron demasiado frías. La silueta bamboleante del
humo del cigarrillo de Emma se elevaba, mientras finas gotas caían sobre el
vidrio de la ventana, empañándolo. La sinfonía número 8 de Schubert, la
Inacabada, alcanza un espiralado clima a los 4 minutos 58 segundos. La disquera
continuaba marcando el tiempo, mientras la tensión en las cuerdas iba
acrecentándose en el primer movimiento, el allegro moderato. Una línea blanca, descompuesta su blancura en
desmenuzadas nimiedades, yacía en el centro de una bandejita de metal sin
llegar a rozar los extremos laterales. Como una larga y blanca estrella de
nieve tímida a desplegarse. Inmóvil como las cenizas resguardadas de brisas, a
punto de ser desparramadas, inalcanzables. La piel pálida, que alguna vez
estuvo teñida de tintes rosados, ahora se esfumaba en un amarillo retro con
ciertas pinceladas violetas que hubieron de concentrarse ya, hace unos días,
como unas profundas aureolas bajo los ojos. La relampagueante humedad del torso
provocaba unos escalofríos a los que Emma pretendía no darle importancia. Pestañeaba
con lentitud, aún recostada dentro de la cama y pensando cuán bien se sentía
estar casi durmiendo al fin y cuán desgastante era tener que levantarse una vez
más. La tensión en el cuello, la transpiración nocturna, los párpados pesados.
Densas palabras mudas compactadas como yunques ardientes cuyo peso yaciente
sobre su huesudo pecho iba haciéndose cada vez más difícil de ignorar a medida
que los primeros segundos iban sucediéndose de modo irrefrenable, ineludibles.
Apenas podían ser perceptibles las rajaduras que poco a poco iban dilatándose
hasta quebrar estructura por estructura, parte por parte, ensamble por
ensamble. La sensación de ser una balsa vacía, abandonada a las mareas,
salpicada por las olas y con la vela a punto de resquebrajarse del todo le
atravesaba tanto el cuerpo como el espíritu. Al estar a la deriva perdía a
menudo la noción del tiempo, el eje de rotación.
Olvidaba poseer sombra. Creía en demasiadas cosas pero no tenía certeza
de ninguna. Caminaba en una cuerda floja cuyo abismo era su propio reflejo.
Caía una y otra vez dentro de sí misma, de espaldas, sin siquiera tener la
voluntad de alzar el brazo para tratar de levantarse. Podría tratarse de una
cuestión de orgullo ó de negación: el terror a la lástima, a parecer débil,
carente de voluntad; aborrecerse a sí misma por movilizar la compasión de
otros. Callada, se destapó. Le frustraba no aniquilar su sensibilidad por
completo.
tenés una gran capacidad para crear "ambiente" en el texto y una gran capacidad para suspenderlo con dos palabras: bandejita y retro.
ResponderEliminarme gustó mucho Flor. La última frase es, para mí, una especie de orgasmo literario.
Saludos!