En el casto jardín de Mario los pájaros amarillos son
verdes y las estatuas sonríen, la rayuela ha quedado en penumbras. No me
busques en los puentes cercanos a la rue, ni a través de los parques cuyos
rincones apilonan libros viejos. ¿Cuáles son mis ansias, por qué no me dejo tan
sólo pensar? La noche absoluta disfraza todas las sombras, los contrastes son
tan sólo felpas azules, y los días de lluvia perniciosa, blancura exquisita e
inabarcable de nubes fundidas en una misma esencia, las desvanece sobre veredas
húmedas y paredes frías. Yo no quiero comer, porque me deleito con mi propia
hambre. Yo quiero tomar pastillas que hagan de mis ensoñaciones brillantes
recuerdos de una lucidez desordenada y límpida como los colores, las acuarelas
de aquel libro para niños ilustrado por un inglés. Cuando estoy con otro, me
ignoro a mí misma, no soy compañía adecuada y hago de mí un personaje; por eso
me es imprescindible la soledad para oírme y escribirme tal y como soy. La
inversión sangre-tinta. Aún dentro mío se para aquella niña rubia y de amplia
frente, preguntándose por qué se lastiman los recuerdos al atar el pañuelo de
un bello recuerdo. Las torres nunca han sido derribadas, son el refugio más
íntimo de una conciencia inmaterial. ¿Por qué del otro lado de los muros los
cuervos y los gatos han engendrado las perversidades funestas? Tan sólo buscaba
ese otro niño con quien jugar afuera para eludir la marginalidad de rosas tan
sanguinarias como soberbias, eludir la soledad de las ganas de vivir en un
patio dónde sólo transitan almas perdidas. Me pregunto de dónde surgí, porque
nacer, nacen hasta las más insignificantes micropartículas cada segundo. La
esencia se acactapla, ¿por qué huyen las palabras? Son mariposas a las que
obligo a doblegarse para mi libertad. No quiero escuchar más gritos de dolor ni
súplica. Las encierro debajo de mis dedos y las dejo morir en paz; abro la mano
y no hay nada, tan sólo cenizas resplandecientes de amor.
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